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Clásicamente se entiende al síntoma como el modo en que determinada persona expresa un déficit en su sistema. El síntoma sería lo que vemos, lo que podemos registrar más allá incluso de la subjetivación por parte de quien lo sufre. Se trata del sumun de la objetividad. De tal modo el síntoma elimina al sujeto y facilita el trabajo del profesional. Si se elimina al sujeto en pro de la objetividad, la conversación no presta ningún servicio al trabajo terapéutico. Este modelo tradicional contradice la psicoterapia desde sus orígenes. Esta práctica inaugurada por Sigmund Freud al tratar a las mujeres quejicosas de síntomas en el cuerpo se articuló, entre otros elementos, a través de la conversación entre el médico y las mujeres. Si bien no se puede establecer aquí que dicha conversación se tratase de una conversación dialógica desde el punto de vista construccionista, sí era una conversación colaborativa y fundamental para la existencia del dispositivo en tiempos de Freud.

¿Cuál sería la diferencia entre una conversación y una conversación dialógica en el marco de un dispositivo psicoterapéutico? En primera instancia, una conversación dialógica es aquella que genera un entre. La conversación terapéutica no es únicamente el terreno donde se ubican los síntomas, síntomas que, desde un entendimiento clásico, toman el estatuto de problema que debe ser eliminado con el fin de reestablecer el bienestar. En la conversación del diálogo se escucha al síntoma para leer lo que éste tiene para decir. Para hacer posible la lectura, o modo de escucha diferenciador propio de la conversación terapéutica, debe producirse antes y paralelamente ese entre que despliega en palabras lo que subyace al síntoma.

Como se puede apreciar, la cuestión se va complejizando. Escuchar en la consulta la queja sintomática de un sujeto e inmediatamente ir a “curar” el mal es un camino tentador. La obediencia a esa lógica además de fácil es aplaudida por consultantes y terapeutas que se unen para suprimir al síntoma y regresar rápidamente a la funcionalidad. Que todo vuelva a rodar por medio de explicaciones seguidas de indicaciones. Ahora, si la persona no mejora la terapéutica nunca es la responsable, antes se entiende como el efecto secundario que obtiene el enfermo de su síntoma, efecto que no quiere dejar, en otras palabras; obtiene beneficios del sufrimiento, entre otras razones. Lo aparentemente fácil, se enreda y con seguridad suma padecimiento; al original se une la culpa y la patologización.

Volvamos a la alternativa del entre. Se precisan: una escucha de lo narrado al modo de un texto donde se leen significados no enunciados en lo que se dice, se extraen significados que obturan el armado de realidad psíquica del sujeto, se co – exploran tales significados que el sujeto va descubriendo sesión tras sesión y se interviene sobre los sentidos que orientan la moralidad, la vida relacional y el lugar subjetivo del sujeto. Para que el entre sea posible la escena terapéutica debe estar sostenida en un dialogo horizontal, esto es un diálogo que define posiciones diferentes para sus participantes y descarta una posición de poder del lado del experto para hacerla operar sobre el paciente.

El planteamiento dialógico está fundamentado en la teoría sociológica denominada Construccionismo Social[1]. Esta teorización enmarcada en la posmodernidad ha permitido desarrollar en el campo de la psicoterapia conceptualizaciones y metodologías anti individualistas, anti biologicistas y alternativas al modelo del déficit. De ahí que el síntoma adquiera la cualidad de brújula en lugar de falta y/o falla.

A diferencia de la mirada tradicional que observa una carencia en quien sufre, la psicoterapia conversacional, basada en la capacidad del ser humano para construir la experiencia en la que vive, aboga por el diálogo colaborativo, abierto y solidario entre personas; unas que están formadas para acompañar, y otras, que precisan de un sostén para retomar de sus vidas.

Consciente del arraigo social que tiene la idea de que el padecimiento psíquico es equiparable a las enfermedades fisiológicas, la conversación terapéutica ofrece a la comunidad otra lógica para pensar por qué nos sentimos mal; desorientados, irritados, sin ilusión y en casos menos frecuentes, pero también posibles; extrañados y descartados debido a expresar comportamientos e ideas inusuales que escapan a la norma.

Efectivamente sufrimos. Los síntomas nos fastidian la vida y el malestar se vuelca al entorno, unas veces es sostenido, otras, lo es únicamente por un periodo de tiempo breve. En las peores ocasiones despierta espanto en la sociedad considerada sana. No se trata de negar el sufrimiento y su efecto perturbador, sino de preguntarse porqué se sufre en exceso, reflexionar para confortar ese estado y emprender el recorrido hacia otras posibilidades, para lo cual es imprescindible leer al síntoma como una defensa y no como un déficit y esto no se logra en un modelo clásico lleno de preceptos rígidos, alejado del dialogo y que persigue por encima de todo la funcionalidad. Al contrario, la conversación terapéutica dialoga, no emite juicios morales y renuncia categóricamente al paradigma medico paciente, entre otras razones, porque allí no existe lugar para una conversación como es la psicoterapéutica basada en lo dialógico.

El rechazo social que despiertan los síntomas debería ponernos a revisar qué mensajes se trasladan en primer lugar en la clínica; qué le decimos a los sujetos cuando nos hablan de sus estados particulares: “demasiado tristes”, “irritados todo el tiempo”, “mirando al vacío”, “hablando solos y/o diciendo rarezas”, etc. Si todo este tipo de manifestaciones las definimos como déficits sin tomar en cuenta la historia de cada persona, su particular modo de padecer e incatalogables aspectos subjetivos, estaremos los terapeutas alimentando de lleno el prejuicio del déficit.

Éticamente estamos obligados a reflexionar sobre estas cuestiones. La comunidad debe encontrar en el discurso psicoterapéutico una posición que valide la complejidad del ser humano. En este sentido y desde las ideas construccionistas existe la posibilidad de dejar salir nuestro ser relacional[2] para que se ponga en acción por medio del diálogo.

«Que la motivación fundamental de los seres humanos sea la autosatisfacción es un constructo cultural y como tal casi nunca nos vemos obligados a incorporar esa creencia a nuestros modos de vida»

Gergen (2015) pág. 55.

«¿Qué ocurriría si dejásemos de ver nuestro ser delimitado como el centro de nuestro universo social? ¿Desaparecería el clamor de control? ¿Es posible que el orden social surja no tanto del -yo te manejo- y viceversa como de la unión colaborativa? Quizá se deriven mayores ventajas si nos mecemos en la cuna de las relaciones con los demás y con nuestro entorno»

Gergen (2015) pág. 65.

Esto conlleva abandonar categorías individualistas de relación unidireccional experto paciente y sin dialogo, para hablar, en otros términos. Todos somos personas susceptibles de sufrir en demasía y de igual modo somos capaces de recuperarnos con el apoyo y acompañamiento adecuado. Nuestra estabilidad psíquica varía a lo largo de la vida y las circunstancias inherentes a ella: es necesario tejer redes comunitarias y solidarias donde la psicoterapia aporte diálogo, se abra a una escucha que lea y no a una escucha que registre e instruya.

Dado que los diálogos hacen eco, producen acercamientos, reconciliaciones, liberaciones, etc. socializar es la valiosa causa y consecuencia necesaria para crecer como sociedad y en esto la psicoterapia tiene mucho que aportar, pero antes debe hacer revisión de sus abordajes, crítica de sus categorizaciones, abandono de prejuicios moralizantes y sobre todo, debe leer el síntoma desde el máximo respeto, sin apriorismo y reconociendo en el otro que sufre al poseedor del saber de su síntoma.