Skip to main content

Pasar de la familia que somos a la familia que tenemos…

La consideración de que la familia tradicional es el modelo de familia ideal es una idea que organiza el imaginario colectivo y determina las elecciones de los sujetos. La dominancia del modelo familiar se sostiene en binomios inconscientes tales como; pertenencia/ no pertenencia, seguridad/ inseguridad, lealtad/ deslealtad, prosperidad/ ruina, realización/ fracaso y, en el culmen, felicidad/ infelicidad. De tal modo, la felicidad y la máxima realización se hallarían unidos a un modelo familiar donde la configuración misma del grupo familiar nace de una fantasía de armonía, homeostasis y fuente de legitimidad moral por encima de cualquier otro modo de vida familiar.

Los modos y maneras de organizase, unirse y/o lanzarse a la aventura de formar una familia que no estén es este marco supremacista quedarían por fuera; en un rincón de la consciencia donde no es fácil confesarse a sí mismo/a que ojalá todo fuera como dicta el ideal y que ojalá se pudiera arrancar desde cero cuando nos decidimos a formar familia. En otras palabras, ojalá cumplir con el ideal de la familia intacta. Por lo tanto, una familia de modelo ensamblado, es decir, aquella que se forma a partir de dos familias anteriores, quedaría por fuera del ideal principalmente porque carece de ese origen inmaculado que ostenta la familia tradicional desde donde es enaltecida. Se pone sobre tela de juicio la legitimidad de una familia ensamblada; ¿es una familia verdaderamente? ¿sus integrantes pueden llegar a ser tan felices como se debe en el marco familiar? Una familia ensamblada ¿puede ofrecer garantías del tipo pertenencia, cohesión, lealtad, seguridad, felicidad, etc.  a sus miembros? y la pregunta que más perturba, ¿nuestros vínculos serán tan sólidos como una familia tradicional?

En la labor por ser una familia suficientemente familiar, en el hogar ensamblado se impone cierta orientación, casi imperceptible, en sus miembros adultos. Dicha orientación dirige los esfuerzos en dos direcciones; por una parte, superar el anterior fracaso desembocado en un intento fallido por armar una familia con todas las letras, y por otra, instaurar una nueva lógica en la actual familia lo más parecida a la idealización de la familia sin fisuras, es decir, ser lo más próximo a una familia intacta, esa que no tiene divisiones en su génesis. De tal modo esta familia nueva y diferente en toda regla pasa a ser un intento que brinda una segunda oportunidad de tener una estructura nuevamente intacta, “necesaria para asumir el sueño tradicional”[1]

La familia ensamblada por tanto, verá comprometidos muchos de sus esfuerzos en reparase[2]; eliminar las fisuras provenientes de la intrínseca condición de la suma de partes. En tal labor, la familia ensamblada sufre de negar su rasgo fundante; estar unidos en su división. Poco o nada enterados de semejante tarea, los adultos sufren en silencio el intento de ser lo que no son y la dolorosa constatación de que sus déficits son insalvables.

Las terapeutas también podemos quedar atrapados es el marco ideal de familia tradicional. Al encontrarnos con dificultades propias de una organización ensamblada, las terapeutas podemos dirigir el proceso hacia una adaptación de roles, estructura, estilos de crianza, etc. propios del modelo idealizado. De tal modo, en la clínica es necesario estar muy advertidos de la propia añoranza del terapeuta con respecto al modelo de familia que anida en su imaginario. En este sentido, igual que una familia monoparental o una multicultural, la familia ensamblada debe ser atendida en psicoterapia bajo un paradigma nuevo y diferente, basado en sus particularidades, y principalmente, según mi criterio, en un abandono paulatino durante el proceso psicoterapéutico y total al finalizar éste, del propósito de alinearse con el modelo de familia intacta. De modo tal que la familia ensamblada se reconozca en la división que le constituye como un valor y no como un déficit.

Así, en la clínica será sumamente importante comprender bajo la luz de ese ideal inalcanzable el dolor que viven las familias ensambladas por ejemplo y muy significativamente, en torno a las rivalidades entre los vínculos anteriores entre padre-madre e hijo/as y el vinculo actual entre los cónyuges. Detengámonos en este fenómeno ya que es posible observar en él cómo se inmiscuye el ideal de familia intacta. Es típico en las familias ensambladas la rivalidad entre un integrante de la pareja conyugal y el hijo o hija del cónyuge contrario, entre quienes preexiste a la familia una relación a veces de larga data. El cónyuge que rivaliza lo hace por colocar en la jerarquía su vinculo con su marido o esposa por encima del vínculo padre-madre e hijo/a de su cónyuge. Tal empeño sigue las coordenadas de una familia tradicional, es decir, considera que la estructura familiar es la misma para todo tipo de familias e ignora que la estructura misma es diferente ya que la división fundante de una familia ensamblada requiere de una jerarquía alternativa; una jerarquía que tenga en cuenta los vínculos preexistentes. En esta línea, la jerarquía no se comprende a partir únicamente de la existencia de los subsistemas fraterno, conyugal y parental. Por sí solos estos subsistemas no delimitan ni dan sentido a la jerarquía definiéndola. En el caso de familias ensambladas, la cuestión de la jerarquía se complejiza notablemente ya que los vínculos anteriores conllevan divisiones previas que traen un bagaje que de entrada supone diseñar la jerarquía considerando estas lealtades, nunca negándolas. En caso de que tal matiz esté inadvertido, el padrastro y/o la madrastra sufrirá en el empeño por ocupar una posición imposible. Luchando en su afán de familia intacta, deseará borrar esa relación especial entre su cónyuge y el hijo o hija de éste/a para no sentir que no tiene el lugar que jerárquicamente le corresponde como esposa o marido de, lugar que estaría por encima en una estructura familiar tradicional, pero que no es necesariamente el mismo en una familia ensamblada.

Si hablamos del terreno de los afectos el asunto se torna aún más difícil. A este respecto el fantasma de la familia intacta ataca fuertemente el proyecto de una familia ensamblada. No es suficiente con saber que el cónyuge no es la madre o el padre de mi hijo/a, ya que pese a saberlo, en lo afectivo, se espera que el cónyuge dé señales de amor materno/paterno a mis hijos. Los sinsabores están asegurados, ya que no se pueden asimilar vínculos como si de trajes a medida se tratase, y los sentimientos no se fuerzan. Además, ¿por qué mi pareja debería querer a mis hijos como a los propios o yo debería querer a sus hijos como a los míos? Por respuesta diré que es el fantasma de la familia intacta el que irrumpe en el inconsciente, es más, siempre ha estado ahí, incluso antes de que pensar en formar una familia. El ideal de familia intacta anida en el inconsciente y asoma en forma de anhelo en la edad adulta, cuando se topa con realidades alternativas, como es el caso de una familia ensamblada y los afectos que allí se vierten, el anhelo se torna en frustración y sufrimiento.

¿Cómo dar a la familia ensamblada su valor? Mi propuesta es abrazando la división. Hacer de este rasgo fundante el garante de un grupo familiar que se reconoce así mismo sin mirar con añoranza hacia un modelo que como todo ideal es inalcanzable y que, además adolece, ¡cómo no! de todo tipo de dificultades, entre ellas la rigidez de la negación.

Mirar a la familia ensamblada con su división como un valor permite pensar sus devenires con apertura y flexibilidad. Precisamente la flexibilidad puede convertirse en su caballo ganador. En tal sentido, propongo dejar caer el anhelo de apego amoroso entre “mi cónyuge y mi hijo/a” o entre “su hijo/a y yo” y en lugar de este propósito, considerar la responsabilidad de esos afectos sobre las figuras ausentes en lo fáctico de la realidad familiar, pero máximamente presentes en el simbólico familiar de mis hijos/as y sus hijos/as. En otras palabras, integrar las responsabilidades y sentimientos del excónyuge y padre/madre biológico para con los correspondientes hijos/as.

Criar a los hijos de él o criar a los hijos de ella no debería exceder el papel de acompañante del cónyuge progenitor y mucho menos debería excluir al padre/madre biológico de los hijos/as. Dichos estos “debería”, tal y como apuntaba antes, la flexibilidad es el gran tesoro de una familia ensamblada, de modo que, teniendo en cuenta estos lineamientos, la relación entre una madrastra y los hijos/as de él y la de un padrastro y los hijos/as de ella se irá elaborando según sea la presencia/ausencia de los padres biológicos, las circunstancias de los divorcios y separaciones previas, las edades de los menores, la predisposición de todos a vincularse, etc. de tal forma que las relaciones entre hijastros/as y padrastros-madrastras puedan asemejarse a un vínculo materno/paterno, tratarse de una amistad cercana y significativa, ser la figura de madrina/padrino o tía/tío u otro tipo de lazo afectivo amigable que sea conveniente para ambas partes y por ende beneficioso para toda la familia.

Otro tema peliagudo con el que batallan las familias ensambladas es el lío proveniente de la distribución por género de funciones y responsabilidades. En este sentido, ella soporta el malestar por tener que hacerse cargo de la crianza de los hijos de él; poner límites, ser sostén emocional y gestionar todo tipo de asuntos logísticos (escuela, extraescolares, vestuario…). Él, por su rol social, se transforma en proveedor de los hijos de ella, asumiendo todos los gastos económicos que sean necesarios. Ambas peticiones provienen tácitamente del hombre y la mujer que esperan que su cónyuge asuma lo que conlleva su rol de género y que como tal, haga lo que se espera socialmente. Esta distribución de roles adolece incluso en una familia tradicional. La problematización de estas posiciones fruto del feminismo estructural empuja hacia nuevas distribuciones dentro de todo tipo de familias, sin embargo cuando se trata de una familia ensamblada aparece esta contradicción como coletazo de ese anhelo de familia intacta y desemboca en reproches cruzados porque se vive como una carga extra que se suma a la del rol social y porque se asocia dolorosamente al hecho de asumir dicha carga como consecuencia de la irresponsabilidad del excónyuge de la pareja actual; ¡tengo que asumir todos los gastos de tus hijos/as porque su padre (tu ex) se desentiende!, y/o; ¡tengo que cumplir con todos los cuidados de tus hijo/as porque su madre (tu ex) no se hace cargo!

Una vez más el valor de flexibilizar es la vía para la familia ensamblada. No se trata de hacerse a un lado como madrastra y/o padrastro y esperar a que sea el padre/madre biológico quien asuma sus responsabilidades y que cuando esto no ocurra, sea el cónyuge padre/madre de los menores comprensivo/a de la carga del padrastro/madrastra. Esto es insuficiente y gracias a la flexibilidad que posee la familia ensamblada, está en posición de cuestionar las tradiciones rígidas de los roles de género. En este sentido, el cónyuge padre de los hijos/as debe tomar un protagonismo inusual para su genero masculino; hacerse cargo de los cuidados afectivos, no persuadir a su cónyuge de hacerlo y pasar al frente con esmero y dedicación total; atender con delicadeza y compasión a su hijo/a que se siente concernida ante la nueva situación familiar. Con similar lógica, la cónyuge madre de los hijos/as debe asumir con la responsabilidad correspondiente la disciplina y sostén económico de sus hijos, ser la referencia de ellos y no depositar este rol en su pareja.

Existe un matiz significativo en cuanto a la representación del padrastro y la madrastra en las familias de segundas uniones; mientras el padrastro puede ser vivido como un salvador, una figura que sustituye al padre ausente por fallecimiento, ausencia prolongada, divorcios extremadamente difíciles, o por negligencia etc. la madrastra suele ser vista con reticencia debido a que la figura materna a la que se asemeja nunca es sustituible. En casos de menores en la primera infancia, estos sienten absolutamente irremplazable la figura materna.

La flexibilidad y el respeto de los tiempos son clave para las familias ensambladas; únicamente sin presión y sin expectativas se podrá fraguar un vínculo significativo donde los menores sientan verdadero afecto por estas nuevas figuras que están por definir.

Los retos de las familias ensambladas se multiplican, pero no son tan distintos de los que enfrentan todas las familias; cambios en los roles de género, vivencias emocionales y su cuidado, alojamiento del dolor infantil, realización del sueño familiar y preparación de los adultos del futuro, la buena noticia es que estas familias, a veces tímidas e inseguras, encierran la fortaleza de la división fundacional, esta división tan valiosa lo es por muchas cualidades como las que he intentado describir en este artículo, pero si tengo que quedarme con una, es la cualidad de ser un pegamento amoroso, un pegamento que enlaza unas vidas a otras aspirando a lograr un sueño. El pegamento del amor que no deja las piezas fijas, sino que con voluntad e ilusión toma forma de plastilina; mueve y recoloca, prueba y ajusta, toca y explora, avanza y se detiene y se asegura de no dejar nada en manos de la usanza ni de la tradición.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

  • Capitulo, Familias resultantes de segundas nupcias, autora Betty Carter. Texto La red invisible.
  • Familias ensambladas; a la búsqueda de un nuevo paradigma, autor de artículo Norberto Barbagelata.