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La psicoterapia tiene mucho que decir sobre la proliferación de esta ideología del buenismo. En primer lugar, porque es frecuente que se venda como virtud de determinadas terapias conseguir tras un proceso psicoterapéutico una vida equilibrada y plena, saludable para ser exactos. En este sentido cabe hacer crítica y preguntarse qué estamos haciendo los psicoterapeutas dirigiendo las terapias hacia semejante fantasía y no menos importante cómo se hacen esas terapias, cómo se las arreglan los y las colegas para suprimir la incertidumbre, la perturbación, la ambigüedad o la ambivalencia por citar algunos de los asuntos que atañen a la condición humana y que son inevitablemente constitutivos de la dimensión psíquica.

Si mi pareja tiene los mismos gustos que yo, mejor, si mi amiga elige similar itinerario académico la amistad estará salvaguardada, si en el trabajo formo parte del equipo es mejor que me mantenga en la onda de todos, si puedo elegir que sea algo parecido, algo que me suene y que me parezca familiar. Etcétera. Creemos que la media naranja está superada y que vivimos en sociedades respetuosas y tolerantes de lo diferente, pero en las consultas de psicoterapia se oye constantemente el anhelo de las personas a ser como los demás en el empeño de asegurar una estabilidad que expulse del todo y para siempre la fricción del desacuerdo.

La diferencia tiene muy mala fama. Como decía, en la clínica se escucha la tendencia sin complejos a ser como el otro, pero más preocupante aún es la dirección de la terapia que se alinea con este objetivo reduciendo peligrosamente al otro a un mero reflejo del Yo, ya que, si el planteamiento es que las personas significativas lo sean por ser como mi sí mismo, entonces el movimiento es a eliminar lo otro, a eliminar lo que no soy Yo. Estamos, por tanto, en una ideología que disfraza de buenas intenciones lo que es un individualismo feroz y radical donde la aspiración es a ser idénticos, pero sosteniendo que el Yo es el centro, el inicio y el fin de la subjetividad humana. Y puestos a elegir, el Yo que marca es el mío.

Lo que parece una idea pacificadora y cargada de amor por el semejante encierra la eliminación del otro. Cabe preguntarse por qué en psicoterapia, pero más concretamente en las psicoterapias llamadas TCC, Terapias Cognitivas Conductuales, se toma este camino sin advertir que es del todo imposible. La respuesta simple y llana es que el bienestar equivale a acuerdo y este a funcionalidad. Que todo ruede y que se obtenga el beneficio máximo, ¿qué beneficio y para quién? Las TCC son colaboradoras directas del establecimiento dominante en la lógica psico, de hecho, es la única materia que prácticamente engorda la malla curricular de los estudios universitarios de grado en psicología. Los futuros terapeutas que se acrediten como psicoterapeutas y provengan de esta rama, van a ejercer sí o sí una psicoterapia de la adaptabilidad.

Afortunadamente la psicoterapia tras una recomendable autocrítica está en posición de ofrecer otras categorías lectoras para entender la diferencia en términos clínicos y constitutivos del ser humano. La teoría y la terapia Sistémica han aportado un valioso e imprescindible concepto denominado diferenciación para entender el proceso relacional por el que atraviesa el ser humano en busca de su particular lugar en el mundo en cuanto a lo psíquico.

Murray Bowen[1], teórico y terapeuta sistémico afirma que prácticamente toda la clínica debe orientarse a que el paciente logre el grado de diferenciación necesario respecto de su familia de origen. De modo tal, la labor del psicoterapeuta es la de un trabajo permanente que revise lo que está obturando dicha diferenciación y no todo lo contrario; alentar a quedarse en la indiferenciación.

Pero ¿qué es la diferenciación o grado de diferenciación? Es el grado mínimo necesario de distancia afectiva que el sujeto logra respecto de sus vínculos significativos para poder constituirse como otro respecto de los demás. Se trata del proceso mediante el cual el sujeto se desenreda de la madeja en la que se hallaba formando un todo con los otros. Este primer momento de indiferenciación tiene su papel en la configuración del mismo, pero debe trascender hacia la distancia para no quedar asimilado a los otros primarios, mayoritariamente para no quedar asimilado a la madre, es decir, para no quedar siendo el infante uno con su madre. Para que la diferencia opere es menester que la madre haya podido diferenciarse ella de su propia madre y esté en disposición de verse a sí misma como otra respecto de su bebé, de lo contrario, la diferenciación sufrirá de grandes impedimentos acarreando la consecuencia de dificultades en la vida adulta en el campo de las relaciones y en peores escenarios, dificultando la propia configuración del Yo.

A menor grado de diferenciación mayores son los problemas en la vida del sujeto. Lo fácil es refugiarse en el discurso simple y popular que versa así; nos queremos porque somos iguales o estamos muy unidos porque pensamos lo mismo. Este tipo de mantras son veneno puro para la mente; por una parte, porque no son efectivos, es decir, no a más asimilación existe más amor, y por otra, porque es la creencia que más daño hace al sujeto ya que le aniquila. El sufrimiento psíquico está asegurado.

Si no es suficiente el aporte sistémico a estas cuestiones, debemos saber que desde la teoría psicoanalítica se conoce bien el estrago que causa la aniquilación del otro en mí. ¿Qué esto del otro en mí? Las teorizaciones, complejas y extensas, que llevó a cabo el psicoanalista francés Jacques Lacan nos dejan aportaciones que en estos tiempos que corren bien merece la pena considerar. Se trata de la inmixión de otredad. Lacan plantea que el otro nos atraviesa y que por tanto nos constituye. El otro existe en el semejante encarnado en los otros de nuestras vidas, pero anterior a ellos, el gran Otro con mayúsculas que es el lenguaje, nos baña desde el inicio de la existencia quedando inmixionados con su impronta. Por tanto, hay en el sujeto otro que le habita; lo extranjero vive en mí. Esta interesantísima idea es de una potencia inmensa para el trabajo clínico porque invita a pensar que eso diferente tan temido está en cada uno de nosotros, es ineliminable y nos presentará siempre un grado de extrañeza, extrañeza que se deja ver en lo inconsciente.

Lo otro, lo distinto, lo ajeno, todo eso que no percibimos como mío, sin embargo, es intrínseco a mí. Estas ideas complejas e ignoradas, no obstante, brindan la extraordinaria posibilidad de desarticular discursos excluyentes y dolorosos en extremo como son los discursos de odio, racistas u homófobos. En este sentido, la insistencia en las virtudes de la asimilación entraña peligrosas vetas de aversión y desprecio por el otro… fíjense si no es cuestionable la ingenuidad del positivismo aglutinador.

La ética que nos convoca a los psicoterapeutas tiene trabajo con el avance de la prosperidad. Por tanto, antes de dar tips previa explicación encabezada por: yo sé lo que te pasa, tomemos tiempo y distancia para no impregnarnos de las halagüeñas intenciones y demos a la diferencia su lugar. Al menos tenemos dos razones para hacerlo; la primera; la posibilidad de que el sujeto sea algo más que un marioneta en manos de ideas pueriles que se agencian el concepto de estabilidad para desprestigiar todo lo que no sea equilibrio empezando por asegurar que tal estado es inmutable y posible, y no menos importante la segunda; la de remar en la dirección opuesta a la sociedad del consumo donde hace falta que todos seamos calco de los demás, nos interese lo mismo y hagamos las mimas colas para adquirir el último modelo de móvil, iPhone por supuesto.